Un dato curioso:

Nuestro cerebro, probablemente el objeto más complejo del universo, tiene más de cien mil millones de neuronas, células dotadas de un núcleo que funciona como un aparato receptor-emisor en miniatura y que se unen a otras neuronas formando redes de conexión que se transmiten la información bajo la forma de corriente eléctrica.

Hemos venido al mundo con un potencial neuronal que es el del hombre del futuro, pero, sin embargo, con escasas conexiones neuronales. Una red neuronal se teje poco a poco, en contacto con nuestros familiares y los conocimientos que nos transmiten, a partir del nacimiento.

Heredamos experiencias. Sin embargo, siendo estas experiencias limitadas, se traducen en estados mentales estancados, un mundo interior que abarca muy pocas conexiones, un legado del cual difícilmente podemos escapar.

La energía que circula por las neuronas, que los científicos definen como eléctrica, muy bien puede ser pensada como una manifestación de la Conciencia universal o Energía o Ser Superior, que tiende a crear en nuestro cerebro una estructura formada por la totalidad de conexiones posibles entre sus células: la mente grandiosa del hombre futuro. Igualmente podemos pensar que esta misteriosa energía tiende a unir todas las conciencias que pueblan nuestro universo y poder así crear una civilización que comparte información y recursos para crecer y convivir en la abundancia del amor, nuestra esencia.

Sin embargo, el árbol genealógico actúa como una trampa, imponiendo a la perfección a sus miembros sus límites materiales, temores, rencores, frustraciones, paradigmas, traiciones, abusos, injusticias, homicidios, mentiras, etc.

Todo individuo es el producto de dos fuerzas:

La fuerza imitadora, dirigida por el grupo familiar y actuando desde el pasado, y la fuerza creadora, manejada por la Conciencia universal, Energía o Ser Superior, desde el futuro.

Cuando los padres limitan a sus hijos obligándolos a someterse a planes, proyectos o consignas del tipo: “serás esto o aquello, te parecerás a tal persona, repetirás nuestras ideas, no cuestionarás nada…” desobedecen los proyectos evolutivos del futuro, sumiendo a la familia en toda clase de enfermedades físicas y mentales.

Nuestra esencia es el Amor, Dios es Amor. Su función es crear, y nosotros, como sus criaturas, estamos llamados a ser colaboradores en la Creación, convirtiéndonos en seres que crecen, evolucionan, aprenden, mejoran, trascienden, sanan, comparten, se expanden.

Para ello, el ser humano tiene que vencer la tradición familiar, la herencia del clan, que siempre busca que se repitan sucesos, situaciones, condiciones y estados en la persona y en la familia. Pero ¿por qué se repiten los sucesos en la familia? ¿Es una maldición?

La respuesta a lo anterior es un poco más compleja de lo que aparenta. La esencia y materia prima del árbol genealógico es el Amor, su función es Crear Vida. Luego entonces, ¿por qué estas repeticiones van en contra de la vida? Aquí radica la famosa Trampa del Árbol, donde pareciera que nos obliga a ir en contra de su misión. Muchos se llegan a confundir y entonces empiezan a renegar y a maldecir a sus antepasados, a su vida o a su destino. Grave error.

Nosotros estamos llamados a hacer consciencia de dichas repeticiones, para que, desde el Amor, contribuyamos a la sanación y liberación de las heridas transgeneracionales, escondidas detrás de las situaciones repetitivas que nos muestra el árbol genealógico. Si actuamos de esta forma, nos convertiremos en Almas Creadoras.

Las Almas Creadoras son escasas, las almas imitadoras forman ejércitos. Las primeras deben aprender a comunicar y sembrar sus valores, las segundas deben liberarse de sus moldes y aprender a crear, es decir, a llegar a ser ellas mismas y no lo que la familia, la sociedad y la cultura quieren que sean.

Cuando un Alma Creadora hace su función, la familia reacciona. Cuando la familia reacciona, también reacciona la sociedad en la cual ella se relaciona. Los árboles pertenecen a un bosque. Cada uno de ellos tiene dos principales deberes: cumplir sus necesidades biológicas (alimentación, reproducción y supervivencia), e integrarse en el grupo social, obedeciendo a sus leyes. Si cada familia rehuyera el contacto con las otras, entregándose a sus tendencias separatistas, la sociedad no podría existir. Entonces, la existencia misma del ser humano carecería de sentido.

Las fuerzas de repetición y de creación, que habitan en nosotros, nos impulsan a la vez hacia la repetición de lo mismo y a acceder a lo que somos auténticamente. Los individuos, al mismo tiempo, pueden tener de sus bisabuelos, abuelos y padres una visión positiva y otra negativa, convirtiéndose de este modo cada familiar en una entidad doble: una luminosa y otra oscura.

Entonces, ¿cómo podemos descubrir cuál es la trampa que nuestro árbol genealógico nos ha tendido? ¡Muy fácil! Piensa en cuál es tu anhelo más grande en la vida, ¿paz, armonía, unidad, tranquilidad, amor?

Cuando identifiques tu anhelo más grande, entonces observa a tu familia; podrás descubrir que eso que más anhelas es de lo que tu árbol genealógico adolece y, paradójicamente, a lo largo de las generaciones se han repetido situaciones que han generado justo lo contrario a tu máximo anhelo. ¿Te sorprende darte cuenta de esto? No es brujería, no es maldición, es la Trampa del Árbol, que hace que se repitan las situaciones para que tú hagas consciencia de ello y, desde el Amor, contribuyas a su sanación.

¿Te atreves a ser un Alma Creadora?

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